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Adaptación de César Morales Ana era una mujer casada. Una tarde parisina, bajo la luz del atardecer del puerto, conoció a Marcel. Marcel llegaba siempre al barco con sus ojos azules llenos de sorpresa, admiración y reflejos, como el río. Por encima de la mirada ingenua y absorbente caían unas cejas salvajes como las de un nativo africano. Ese salvajismo quedaba acentuado por la luminosidad de la frente y lo sedoso del cabello. Todo lo que le agradaba, todo lo que caía en sus manos a cualquier hora del día despertaba en él un comentario. No podía besar, desear, poseer, gozar sin un inmediata reflexión. Planeaba sus movimientos con antelación.

No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo transcurrido desde el edad en que se produjo el cabreante descubrimiento del padre confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre el sino de la infortunada Bella. Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante la puerta de aquélla y llamó. La puerta se abrió y apareció el padre en el comienzo. A un signo del sacerdote Bella entró, permaneciendo de pie frente a la imponente figura del santo hombre. Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El artífice Ambrosio lo rompió al fin para decir: —Has hecho bien en afluir tan puntualmente, hija mía.

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Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, hechos o lugares reales es solo coincidencia. Podría ser considerado ofensivo para algunos lectores. Todos los derechos. Había estado fuera tres días. Se suponía que tenían que haber sido cinco, pero mi viaje de trabajo terminó de una forma bastante abrupta cuando el presidente de la empresa sufrió un ataque cardiaco -no fue adverso, gracias a dios - y canceló su asistencia a la conferencia. Estuve a punto de quedarme, pero época el mes de agosto en Dallas, y cuando puse un pie en el exterior del hotel mis luceros casi se convierten en pasas del calor, así que me di la vuelta e hice mi reserva para el viaje de vuelta antes de la comida. Conseguí asiento en el primer vuelo de la tarde, y estaba de vuelta en Chicago a las cinco, justo a tiempo de pillar el atasco de las expectativas de los trabajos.

Garduño trad. El ruiseñor y la rosa -Ha dicho que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay en todo mi jardín una sola rosa roja. Desde su guarida de la encina oyole el ruiseñor. Miró por entre las hojas admirado. Le he cantado todas las noches, aun sin conocerle; todas las noches repito su historia a las estrellas, y ahora le veo.

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